¿Signos de virilidad sexual?

Publicado el Martes, 06 Septiembre 2016

A lo largo de la historia se han hecho muchos intentos para destacar la virilidad masculina, de manera que podemos encontrar diferentes signos de esta supuesta virilidad en conductas, ropas, accesorios, etc. de diferentes épocas y culturas. Algunos de ellos podrían parecernos bastante ridículos hoy en día.  

Pero ¿qué significa eso de la virilidad? Pues según la RAE esta palabra alude a la “cualidad de viril”, lo que quiere decir a su vez: “perteneciente o relativo al varón”. De manera que se habla, por ejemplo, de “miembro viril” para referirse al pene del hombre. Sin embargo, más allá de lo supuestamente masculino, en nuestra cultura occidental, el concepto de virilidad se relaciona a menudo con la capacidad sexual del hombre, es decir, con su erección como medida de su potencia sexual.  

Vamos a ver algunos objetos y otros signos curiosos de virilidad que han existido a lo largo de la historia.  

En relación a conductas relacionadas con la virilidad, ya en la Roma Antigua el hombre viril era el que se mostraba activo durante el sexo, el que dominaba y sodomizaba.  

Por otro lado, durante muchos años existió la idea de que, si un hombre no conseguía dejar embarazada a su esposa, este se consideraba poco viril o impotente sexualmente (nada más alejado de la realidad, por supuesto). Además, si se engendraban varones concretamente, esto hacía que el marido fuese visto como más viril que en el caso de que se tratara de niñas.  

Durante la Edad Media se pusieron de moda las llamadas “braguetas”, un accesorio popular en Inglaterra que se extendió por toda Europa. La palabra bragueta proviene del inglés medieval y significa escroto. Esta pieza que cubría la zona genital masculina, durante los siglos XV y XVI, fue una señal de virilidad (cuanto más grande significaba mayor poder). Se trataba de una solapa o bolsa (rellena de serrín o de tela), que unía la parte delantera de la entrepierna, en los pantalones de los hombres, para acentuar el pene y resaltar esta zona, dando incluso la idea de un pene erecto. Además de servir de protección, también podían guardarse objetos en ellas. Incluso algunas armaduras contenían braguetas metálicas. Como es de suponer, esta moda no fue muy bien vista por la Iglesia en aquella época.  

 

También en la Europa del siglo XV, estuvieron de moda unos zapatos largos con puntas afiladas, llamados “poulaines”. Las puntas llegaron a ser tan largas que a veces tenían que atarse al tobillo para poder caminar. Este calzado tan extremadamente exagerado tenía un componente sexual, imitando al falo, por lo que también puede considerarse un signo de virilidad sexual. En ocasiones, estos zapatos incluían unos cascabeles con la intención de resultar aún más llamativos. Lo curioso de todo es que, al parecer, durante una batalla los soldados franceses tuvieron que cortarles las puntas para no entorpecerse y la vergüenza de este hecho fue tan grande que esta moda cayó en decadencia. La Iglesia tampoco tuvo mucho aprecio por este tipo de calzado que llegó a llamar “garras de satanás”.

La barba ha sido otro signo de virilidad a lo largo de la historia y en diferentes culturas, de manera que al hombre que la llevaba se le atribuía sabiduría, alto estatus y potencia sexual

En algunas culturas poco conocidas se sabe que existen ritos de inicio a la virilidad, en los que los niños pasan a ser hombres siendo separados de sus madres y teniendo que pasar por duras pruebas o prácticas que en nuestra sociedad podrían parecernos especialmente duras y crueles.  

Como vemos la virilidad es un concepto muy dinámico, que ha dependido enormemente de la cultura y del momento histórico. Sin embargo, hablar de virilidad hoy en día no tiene mucho sentido, puesto que lo masculino y lo femenino han dejado de ser características opuestas. Seguir atribuyendo esas características a hombres y mujeres no hace sino fomentar los estereotipos y los roles de género que perjudican enormemente la libertad de las personas. Lo masculino y lo femenino son sólo constructos sociales, es decir, características que la sociedad le ha atribuido tradicionalmente a un género u otro.  Por ejemplo, no es cierto que ser hombre suponga ser fuerte, valiente o competitivo ni que ser mujer implique ser emocional, afectiva o cuidadora.  

En el ámbito sexual, equiparar la virilidad con la potencia sexual y esto, a su vez, con la erección es un grave error. La capacidad sexual de un hombre debería medirse más bien por su inteligencia sexual, es decir, si se trata de un individuo que se mantiene abierto y sin tabúes sobre sexo y, sobre todo, dispuesto a aprender a dar y recibir placer.

 

 

 

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