Guerra, sexo y erotismo

Publicado el Lunes, 14 Noviembre 2016

A lo largo de la Historia, sexo y erotismo han estado presentes durante las guerras de muchas maneras. Desde violaciones, prostitución e infecciones de transmisión sexual (ITS), hasta seductoras espías o pin-ups. Vamos a dar un paseo por el deseo y descubrir algunas cosas curiosas sobre el sexo en los tiempos de guerra.

El lado más amargo de la relación entre sexo y guerra lo vemos día a día cuando oímos hablar de mujeres y niñas violadas como armas de guerra. Ya en el siglo XII, en Asia, un comandante mongol, conocido como Gengis Khan, conquistó uno de los imperios más extensos de la historia (20 millones de km² de tierra) y se hizo famoso por sus sanguinarias tácticas de batalla. De manera que mataba a los hombres y convertía a las mujeres en sus concubinas para transmitir sus genes. Su afición por el sexo era tal que dicen que mataba tanto cuanto mantenía relaciones sexuales. Así, se estima que, en Asia Central, una de cada doscientas personas vivas hoy en día, sería descendiente de él, es decir, la impresionante cifra de 16 millones de personas comparten su mismo cromosoma.

Por otro lado, durante la Guerra Civil Americana la mayor tasa de mortalidad fue causada por el sexo (más de 600 mil personas), a través de las conocidas por aquel entonces como enfermedades venéreas (principalmente la sífilis y la gonorrea). En esa época, el preservativo aún no era popular y los soldados tenían fácil acceso a la prostitución. Siempre que un ejercito se movía, era compañado por prostitutas ya que, debido a la escasez de alimentos, las mujeres  encontraban en ese trabajo la única forma de sobrevivir. Se estima que la sífilis, por si sola, mató 73 mil soldados de la Unión. En aquel momento, se trataba de una enfermedad sin cura con síntomas terribles, cuyo tratamiento a veces era peor que la propia dolencia (al consistir en inserir mercurio a través de los genitales, que entre otras cosas les hacía salivar y que se les cayeran los dientes).

También la I Guerra Mundial acusó un gran número de bajas de soldados por causa de estas infecciones contraídas por vía sexual, hasta tal punto que las autoridades militares estadounidenses crearon programas de concienciación, aunque sin mucho éxito. Además, el Gobierno americano llevó a cabo su propia guerra contra las prostitutas, y por medio del “Acto Chamberlain Kahn” detenían a todas las mujeres sospechosas de ser portadoras de ITS. Muchas de ellas fueron acusadas injustamente, de tal modo que alrededor de 20 mil mujeres fueron presas.

Durante la II Guerra Mundial, fue el erotismo el protagonista, al alcanzar su máximo auge las conocidas como “pin-ups” (ilustraciones de mujeres en una pose sexi). Se las llamó así (“pin” de pinchar y “up” de arriba) porque los soldados colgaban en sus barracas las fotos de estas sugerentes chicas. Representaban para ellos la esperanza de volver a casa y servían a modo de distracción y de amuleto de la suerte. Las tropas americanas solían pintarlas en las cubiertas de sus aviones (lo que se conocía como “Nose Art”) y así se identificaban como aliados. Una de las más famosas pin-ups fue Betty Grable.El curso de la II Guerra Mundial tampoco habría sido el mismo sin el papel que ejercieron algunas mujeres como espías altamente seductoras. Una de las más conocidas fue la americana Elizabeth Thorpe, que ofreció sus servicios al Gobierno británico con la intención de extraer informaciones secretas de la embajada francesa de Vichy en Washington (que trabajaba directamente con Hitler). Tras seducir a Charles Brousse, agregado de prensa de la delegación diplomática, en 1942, ambos amantes mantenían encuentros sexuales cada noche dentro de la embajada, hasta que consiguieron robar los códigos secretos navales franceses sobre el ataque que planeaba Alemania en el Atlántico.

Es curioso cómo el sexo, de diferentes maneras, ha sido capaz de cambiar completamente el curso de muchas guerras. Se suele decir que “en el amor y en la guerra todo vale”… Tal vez en la guerra sea así, pero en el amor y en el sexo, por supuesto, no debería serlo.

Yo prefiero terminar, con aquella famosa y pacífica expresión que, cómo no, surgió en respuesta a otra guerra (la de Vietnam) y dice así: “¡haz el amor y no la guerra!”.

 

 

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