Descubriendo espermatozoides y óvulos

Publicado el Martes, 12 Abril 2016

Actualmente somos conscientes de que sexualidad y reproducción no son lo mismo, ni tienen por qué ir unidas, aunque a veces suceda. Y es que, de manera habitual, tenemos relaciones sexuales sin intención de reproducirnos, por el simple hecho de disfrutar de nuestros cuerpos y compartir un momento de intimidad con otra persona. Además, es evidente (o debería serlo a estas alturas) que la sexualidad va más allá de los genitales y el coito. Es importante hacer esta diferenciación entre sexualidad y reproducción porque durante algunos siglos, en los que la Iglesia tuvo mucho poder, el sexo se permitió con un único fin reproductivo, llegando a equipararse ambos conceptos.  

También sabemos que el ser humano surge de la unión de dos células llamadas gametos (óvulo y espermatozoide) y que esto se produce, por lo general (aunque cada vez menos gracias a los avances en las técnicas de reproducción asistida), a través del coito entre un hombre y una mujer. Sin embargo, no hace tanto tiempo que se descubrieron estas células sexuales.

El primero en ser descubierto fue el espermatozoide en 1677, de la mano de Anton Van Leeuwenhoek. Este comerciante de telas puede ser considerado como el descubridor de lo invisible, ya que fue pionero en adentrarse en el mundo de los microbios. Considerado el padre de la microbiología, descubrió también los glóbulos rojos, y fue el primero en observar bacterias y protozoos. Todo ello gracias a su afición inicial a fabricar lentes, su habilidad y su curiosidad que le llevó a construir su propio microscopio, capaz de ver seres minúsculos. Así, mirando su propio esperma, aumentado unas 300 veces, consiguió observar los espermatozoides, a los que llamó de “animálculos” (o al menos así fue traducido el nombre que les puso). Y lo comunicó a la Royal Society como “una multitud de animalillos vivientes con el tamaño de un millón de veces menor que un grano de arena”.

 

 

Hay que tener en cuenta que el simple hecho de estudiar esperma humano ya era un problema, puesto que en aquella época se suponía que la eyaculación se producía únicamente a través del coito y con fines reproductivos. Por ello, para poder divulgar los hallazgos del estudio de su propio semen, Leeuwenhoek, tuvo que alegar que había sido obtenido “de forma natural durante el coito conyugal”.

La idea de que esos seres con cola, tan numerosos, suponían el principio de reproducción de los mamíferos, chocó con los paradigmas de su época y transformó el concepto de reproducción a través de las relaciones sexuales.

Por su parte, el óvulo, o célula sexual femenina, no fue descubierto hasta 150 años después, en 1827, por Karl Ernst von Baer, un embriólogo que estudiaba el desarrollo embrionario de los vertebrados.

En comparación con un espermatozoide, el gameto femenino humano es gigantesco, aunque mida apenas 0,1 milímetros. Puede verse a simple vista, pero es necesario el microscopio para estudiarlo.

A diferencia de los espermatozoides que son producidos constantemente por los testículos (los hombres producen alrededor de 85 millones de espermatozoides al día), ya en el nacimiento los ovarios contienen un número determinado de folículos de los cuales la gran mayoría degeneran y solamente unos 400 o 500 madurarán convirtiéndose en óvulos. Esta es la razón por la que, cuando los óvulos van llegando a su fin, la mujer experimenta la menopausia.

Solamente en la segunda mitad del siglo XIX se afirmó la idea de que el origen de un nuevo ser conlleva la fusión de dos gametos a través de la fecundación. Sin embargo, el cómo se produce exactamente la fertilización del óvulo por el espermatozoide ha sido una incógnita hasta comienzos del siglo XXI, cuando se describe por primera vez que el mecanismo por el cual el óvulo abre paso al espermatozoide tiene que ver con un receptor en la superficie del óvulo que encaja con una proteína del espermatozoide.  

Hoy en día estas células sexuales se siguen estudiando, pero más que para descubrir cómo se produce la fecundación, con el objetivo de crear métodos anticonceptivos alternativos a los actuales y, sobre todo, para ayudar en los problemas de infertilidad cada vez más frecuentes.

 

 

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