¿Tú eres de las que gritan?

Publicado el Martes, 19 Enero 2016

Es interesante e importante conocerse y saber que cuando se tiene una experiencia sexual no siempre se responde igual. Me refiero no solo a pasarlo mejor o peor, o a cómo respondes ante ciertos comportamientos en tu pareja, sino a las formas tan diferentes de expresar lo que estás sintiendo. Quiero decir si gritas más o menos, para dejarlo claro.

Con mis primeras aventurillas juveniles yo era mucho de gemir y suspirar. En parte porque todo me sorprendía gratamente, en parte porque yo había visto muchas pelis románticas en las que las chicas respondían así cuando sus novios las acariciaban bajo los vestidos. Con los años fui tomando las riendas del asunto, de modo que sabiendo pedir lo que me gustaba mis gemidos sutiles pasaron a aullidos de placer difíciles de contener.

Por fortuna últimamente he descubierto que aún me queda una buena gama de notas y tonos que utilizar.  Todavía hay algún amante que consigue sorprenderme a base de azotes pasionales o profundas manipulaciones vaginales y sabe sacar de mí angustiosos jadeos hasta llevarme al límite de la taquicardia. Por supuesto, también es muy excitante para mí conseguir buenos gritos de mi pareja. Y eso se consigue a base de conocerla o de tener la suerte de atinar con el punto exacto que le propine tanto placer que su éxtasis resuene en toda la casa.

Y todo es siempre muy divertido, exceptuando cuando los alaridos no son los míos con cualquiera de los partícipes de esos fabulosos encuentros, sino de algún vecino escandaloso. Entonces ya pasa a ser un problema bien distinto. Y si acaso lo único que te queda es hacer un estudio de los distintos modos de desfogarse y jalearse que tiene la gente follando

Están los típicos que gritan mucho sin más. Luego las más inquietantes, que son aquellas, sobre todo chicas, que gritan como si en lugar de hacerlas disfrutar las estuvieran despellejando vivas. ¡Que en más de una ocasión he estado tentada de llamar a la policía! También he oído alguna vez a los que son más cariñosos y se dicen a voces cuánto se quieren. Aunque los que más me gusta escuchar, si no queda más remedio y puestos a escoger, son los que se jalean pidiéndose caña y se gritan lo que necesitan que el otro les haga: “métemela hasta dentro”, “más rápido”, “ven a chupármela”, “enséñame ese culo” y otras delicadezas de ese estilo. Y por último, están los silenciosos, de los que únicamente sabes que están en plena faena por el ruido del cabecero de la cama contra la pared o de los muelles del colchón si es muy viejo. 

Pero hay que reconocer que aunque no siempre, algunas veces mis vecinos han conseguido excitarme tanto que he tenido que acompañarles desde mi piso. Si me ha pillado sola y de buen humor me han ayudado a cerrar los ojos e, imaginándolos, tocarme y divertirme yo también. Si el momento álgido ha sido estando acompañada, nuestras risas al oírles han servido como preliminares para elaborar nuestro propio repertorio de chillidos y exclamaciones y hacerles una dura competencia. Todavía recuerdo una vez que tanto, tanto nos calentamos mi amigo y yo que tuve que soportar que una vecina intolerante llamase a mi puerta para llamarme la atención por el ruido que estábamos armando. 

 ¡Hay gente que no aguanta nada!

 

 

* Ilustración de Francisco Asencio

 

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