Sueños húmedos

Publicado el Jueves, 20 Octubre 2016

Las mañanas de los fines de semana, cuando no tienes que saltar de la cama con el tiempo justo y puedes remolonear un poco, es cuando más me gusta tener sexo. Sola o acompañada. Disfruto por igual las dos opciones. Sobre todo si he tenido algún sueño erótico y mantengo aún la excitación de los últimos minutos antes de despertar. Es fantástico ese momento de abrir los ojos, notar la sonrisa en tu boca, y empezar a recordar que lo que estabas soñando era lo suficientemente interesante como para amanecer muy húmeda y con ganas de más.

   Pero es mucho mejor cuando te despiertas y el que está teniendo un sueño erótico es tu compañero de cama. Algo que además puedes comprobar enseguida destapándole un poco y observando si la expresión de su cara se corresponde con la expresión física de la misma debajo de la sábana. Para mí es una ocasión fabulosa que aprovechar, muy especialmente mientras está dormido. Puede ser un momento que comience de modo muy dulce y se vaya transformando, con sus reacciones posteriores, casi  en un deporte de riesgo. Así que no me gusta nada, nada,  dejarlo escapar. Empiezo con pequeños besos para no despertarle. Por toda la cara y el cuello. Dejándole un poco más en el mundo de los sueños, continúo acariciando con calma su cuerpo y le observo mientras se estremece y se gira como queriendo evitarme. Hasta que llego al pantalón de su pijama y metiendo la mano con cuidado voy conquistando lo que quiera que esté soñando, y que en ese mismo momento ya pasa a ser libidinoso seguro, por si me quedaba alguna duda. Ahora sí que una amplia sonrisa se apodera de él y un gesto de absoluto placer se le dibuja en la cara. En cuanto noto mi mano mojada con sus ganas doy más velocidad a mis movimientos y soy capaz de despojarle de toda la ropa sin que se despierte. Y esa es la parte del juego más divertida para mí: ver cuánto tiempo soy capaz de seguir excitándole sin que tenga conciencia de la realidad y siga creyendo que sueña.   Sin embargo ese estado le suele durar poco, la verdad. Me cuesta bastante mantenerle en brazos de Morfeo. Enseguida prefiere los míos, y va abriendo los ojos con parsimonia. Aunque antes de que pueda plantearse una negativa a lo que pretendo, ya estoy yo sentada encima de él, compartiendo el disfrute de esa mañana de descanso. Ahí, ya espabilado del todo, colabora estupendamente para que la hora de levantarse de la cama cueste aún más que un día de trabajo. 

Algunas veces sucede al revés y es él quien interrumpe mis sueños lascivos para recrearlos en el mundo real. En condiciones normales le sería casi imposible adivinar con qué estoy soñando yo y cuándo es la mañana idónea para intervenir. Pero la naturaleza le echa una mano a menudo porque yo hablo en sueños. Y sí, innegablemente eso a él le otorga un noventa por ciento de ayuda para acertar y a mí un cien por cien para disfrutar. 

No desaprovechéis ni el más mínimo instante para disfrutar de vuestro cuerpo así como del ajeno. Las noches de pesadillas también existen y la vida es corta para pasar por alto los buenos despertares.

 

 

* Ilustración de Francisco Asencio

 

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