Romanticismo sin amor

Publicado el Martes, 17 Marzo 2015

Hay ocasiones en las que, de aburridas reuniones de trabajo, pueden surgir aventuras muy divertidas.

Aún tengo grabada en la retina la imagen del momento en el que Rafa entró en nuestra sala de juntas con una cazadora de piel negra y quitándose el casco de la moto. Casi dos metros de altura, el pelo negro, abundante y rizado, y los ojos muy verdes. Muy guapo y con un ancho de hombros que hacían de él el guardaespaldas que cualquier artista hubiera querido llevar cerca, muy cerca. ¡Y ya vi venir que aquello no podría quedarse sólo en una relación laboral!

Al finalizar aquella reunión y como tenían por costumbre mis compañeros, nos fuimos todos a picar algo y a cenar. En el momento de sentarnos a la mesa, ya había procurado yo sentarme cerca suyo. Y poco a poco conseguí que una tertulia de lo más natural entre varios se encauzase hacia una conversación más íntima entre los dos.

- Yo es que de lunes a jueves prefiero quedarme en un apartamento que me he alquilado aquí y así no tengo que estar todos los días en la carretera. Luego los viernes, como hoy, cojo la moto y me vuelvo a casa con mi mujer.

- ¡Ah! -¿Su mujer, había dicho? ¡Vaya pena!, pensé- ¿Es que no eres de aquí?

- ¡No, que va! Soy de un pueblo que está a poco más de cien kilómetros, pero no es plan de estar yendo y viniendo a diario. Sobre todo con estos horarios que tenemos que no sabe uno a qué hora va a terminar.

Del bar pasamos la mitad de los allí reunidos, a los pubs. Y de ahí, una o dos copas más tarde, ya se despidieron todos menos nosotros, que decidimos tomarnos una última en otro local.

- Me tomo una más y ya me voy porque tengo que coger la moto y no puedo beber más, aunque me lo estoy pasando muy bien contigo.

Sin embargo la última dio paso a otra más y luego a otra hasta que ya no le fue posible conducir su espectacular Harley Davidson.

En multitud de ocasiones he tenido claro que el nivel de alcohol en sangre, a veces debería medirse por el número de tonterías ensartadas que se pueden llegar a decir. No habría necesidad de alcoholímetros, ni de pruebas de ningún otro tipo, y así con sólo responder al saludo de la guardia civil tendrían suficientes pruebas y podrían darte una puntuación del uno al diez, en función del número de sandeces dichas. Esa noche en lo más alto del ranking, después de más de cuatro horas de copas, se encontraba mi amigo habiendo superado con creces el diez.

- Pues si no puedo conducir ahora no tengo donde quedarme, porque como en realidad yo había pensado en volverme a mi pueblo hoy, no me he traído las llaves del apartamento.

Y no sé si fue por mi gran corazón de buena samaritana, o por las ganas de echármelo a la cama, que al instante le tuve que ofrecer lo poco que yo tenía.

- ¡Vente a mi casa, anda! Por lo menos no andarás por ahí con esta cogorza dando tumbos. Mi compañera no está hoy y hay cama para ti.

Así que cogidos del brazo, para ayudarle a no perder el equilibrio, nos fuimos hasta la parada de taxis.

Al entrar en mi casa ya empezamos a tener problemas, porque mientras yo intentaba quitarle la chaqueta y los zapatos para que pudiera dormir la mona con comodidad, él a su vez intentaba quitarme el vestido. Y como la carne es débil, sobre todo la mía, lo reconozco, no pude evitar besarle y desnudarle mucho más de lo necesario. El único inconveniente era su estabilidad: penosa de pie, pero tumbado tampoco acertaba a mantenerse mucho rato en la misma posición.

Te voy a dejar aquí acostado, y no te levantes, que todavía eres capaz de caerte -le decía a la vez que le iba cubriendo de besos por todo el cuerpo.

- Pero, ¿por qué te vas? No te vayas, quédate mejor aquí conmigo.

- Si sólo me voy a la habitación de al lado, a mi cama. No estás en condiciones de nada. ¡Vamos a intentar dormir algo, anda!

Y como seguía sin soltarme y me apretaba fuerte contra él, decidí probar suerte y pasar directa a la acción. Y aunque intentaba poner de su parte, le fallaban las fuerzas constantemente.

- ¿Tienes un condón? Es que yo no encuentro los míos –le acababa de decir en un arrebato esperanzado de conseguir algo.

- ¡Otra igual! Pues no. ¡Eres la tercera este mes que me sale con lo mismo, que fijación tenéis!

Y a partir de aquel comentario ya sí que no hubo posibilidades de llegar a buen puerto. ¡Un poco de romanticismo por favor! Porque yo no esperaba ninguna declaración de amor eterno, ni en aquel instante ni en ningún futuro cercano, pero en algunos momentos íntimos no creo que ayude mucho a conquistar a una chica el confesarle que recién finalizada la primera quincena del mes, ya eres la tercera en su cama además de su mujer.

De todos modos sus mareos empezaron a indisponerle seriamente, y las náuseas le impedían una y otra vez ejecutar cualquier tipo de acción en la que necesitase la boca. Con lo cual, tras mucho luchar contra la naturaleza en diferentes posturas y contra mi recién estrenada indignación sin resultados satisfactorios, abandonamos los dos. Él, porque se desmayó directamente en la cama en la que se encontraba, y yo, porque decidí retirarme a la mía, para intentar aplacar mis ansias con mis propias herramientas, y esforzarme ya de paso en algo mucho más productivo como conciliar el sueño.

En cuanto se despertó y le conté como había terminado nuestra fallida aventura llamó un taxi para poder ir a recoger su moto y marcharse a reanudar su vida familiar de sábados y domingos. No sin antes agradecerme primero, que le hubiera dado un techo y acostado sano y salvo; y disculpándose después por lo que no había podido culminar. Prometiéndome por último, eso sí, que volvería a verme en cuanto tuviera un hueco para resolver lo que había dejado pendiente.

Y eso sucedió sólo tres días después, cuando mientras circulaba con su moto justo en la dirección contraria a la que yo llevaba paseando, paró para saludarme, se quitó el casco, se acicaló sus espesos rizos negros con los dedos y me dijo mientras acomodaba en su cara una sonrisa inmensa y pecaminosa:

- ¿Tienes tiempo para una cerveza?

Esa noche aprendí que los asientos de algunas Harleys, y el de aquel modelo en particular, son lo bastante amplios como para permitirte llevar a cabo estupendamente un sinfín de movimientos a dos sin perder el equilibrio, y que utilizar preservativo sin hacer ningún tipo de comentario no le quita romanticismo a un fantástico momento de pasión.

  

 

* Ilustración de Francisco Asencio

 

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