Los tres polvos mágicos

Publicado el Miércoles, 04 Enero 2017

Puede que la noche de reyes sea sólo una noche más de rutinarias celebraciones familiares, pero para mí es la noche del año que más disfruto desde niña, aunque con el paso de los años y lógicamente, el modo de celebrarla haya ido cambiando. Ahora además de dar y recibir regalos, me divierte mucho salir con mis amigas y comer roscón mientras bailamos como locas alguna canción de moda. Y por supuesto, el sexo también ha estado muy presente en mis noches de reyes como no podría ser de otra forma. Y así rematar una buena noche de discoteca lamiendo la nata del roscón previamente untada por el cuerpo de un apuesto caballero, siempre me ha parecido muy buena opción.

Sin embargo una de mis noches de reyes más especiales me sucedió hace un par de años en la discoteca que dirige mi amiga Bea y que se llama “La Buena  Estrella”. Contaros ahora de dónde sacó ese nombre tan rimbombante no viene al caso. La cuestión es que me encontraba de copas con unas amigas y con muchas ganas de darle alegrías a mi cuerpo. Así que me lancé por un atractivo y canoso madurito que no le había quitado ojo a mi escote desde que entrase en el local. Reconozco sin humildad ninguna que no me costó el más mínimo esfuerzo que me sacara de allí y me estuviera haciendo el amor tan solo media hora después en la habitación de su hotel. Y utilizo esa expresión porque se comportó como todo un caballero de corte clásico. Fue tan elegante y generoso en hacerme gozar que por un momento me sentí la “Pretty Woman” del barrio incluso brindando con champán francés y todo al terminar. Como resultó ser un alto ejecutivo de una conocida línea de perfumes al que esperaba un madrugador y largo viaje, él se quedó a descansar y yo me volví con mis amigas, no sin antes obsequiarme con un magnífico y pequeño frasquito de una nueva fragancia con esencia de mirra.

Apenas me había terminado la copa con la que intentaba recuperar el ritmo que llevaban mis amigas, y aún sin haberles acabado de contar mi aventura, un chico joven y rubio se me acercó buscando algo más que conversación. Sorprendida con mi suerte de aquella noche decidí dejarme llevar por la verborrea divertida y libidinosa del muchacho y le seguí excitada hasta la calle con la excusa de echarnos un cigarro. Nada más poner un pie fuera le confesé que yo en realidad no fumaba, con lo cual él entendió claramente que yo le daba vía libre para lo que pretendía hacer de verdad. Me soltó un estupendo beso con lengua, sacó unas llaves de su pantalón, circunstancia que me hizo dirigir la mirada hacia su bolsillo y observar algo muy abultado que llamó mi atención poderosamente, y acto seguido me hizo pasar justo a la tienda de al lado: un herbolario de su propiedad. Encendió la cálida luz de una lámpara de sal en un rincón, varios quemadores y varitas de incienso y sobre una mullida alfombra de lana de colores follamos como locos y repetidas veces hasta que el agotamiento pudo con nosotros y todo el incienso se quemó. Mis amigas y yo le habíamos prometido a Bea tomarnos la última copa con ella cuando cerrase la discoteca. Así que, muy satisfecha, volví y cumplimos con nuestra tradición.

Ya de madrugada y de vuelta a casa, siempre me tocaba ser la última en el recorrido que hacía el taxi dejando a todas. El conductor, un hombre negro, de mediana edad llevaba un buen rato riéndose con las ocurrencias de mis amigas, pero no había dejado de mirarme y sonreírme por el retrovisor. En cuanto me quedé sola empezó a tirarme los tejos y a preguntarme si yo tenía mucha prisa. “Todavía no ha amanecido –me dijo- e igual los reyes magos te dan alguna sorpresa antes de llegar a casa…” ¡Y madre mía si me la dieron! No me gusta caer en tópicos pero el sexo con aquel chico en el asiento de su taxi me hizo sentir placeres inmensos y orgasmos vaginales nuevos para mí. Al dejarme en casa me regaló una cadenita de oro con una estrella que alguna otra clienta había perdido en una carrera anterior.

Y de este modo fue como aquella madrugada, mientras subía las escaleras con el bote de perfume en el bolsillo, la ropa y el pelo oliendo a incienso y la cadena de oro colgada al cuello, me sentí por una noche la reina de los polvos mágicos.

¡Feliz noche a todos!

 

 

* Ilustración de Francisco Asencio 

 

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