Hablemos de sexo

Publicado el Miércoles, 14 Diciembre 2016

No hay nada más erótico que hablar de sexo. Bueno, hablar de sexo con alguien con quien deseas tenerlo, ¡claro!

Mi amigo Adolfo y yo salíamos mucho, de noche y de día, en una temporada especial en la que coincidimos trabajando en la misma ciudad. De día quedábamos a comer juntos, o salíamos de compras. Pero era tras las cervezas de cada noche, cuando ya nos quedábamos los dos solos, cansados los amigos de nuestras ganas de más cuando nos enredábamos en largas disertaciones sobre lo humano y lo divino. Era entonces en cualquiera de aquellas fantásticas veladas en garitos desconocidos para la mayoría, con música en directo y todavía con mucho humo de tabaco en su interior, cuando las palabras sensuales fluían entre nosotros sin censuras.

- ¿Y tú prefieres que te desnuden o desnudarte sola?

- A mí me encanta que me desnuden. Pero que la ropa interior se quede hasta que mi pareja ya no pueda más. Incluso a veces me gusta hacerlo sin quitarme las bragas.

- Ah, eso es que eres una chica muy pasional. A mí sin embargo me gusta que mi pareja se vaya desnudando al paso de mis besos y mis manos por su cuerpo. Y cuando ya no lleve nada encima comérmela entera.

- Eso, no suena nada mal, tampoco.

- Yo podría hacerte una demostración, si ves que necesitas experimentarlo.

- ¿Pero tú no tenías novia?

- ¿Alguien ha hablado aquí de fidelidad? ¿Ya andamos con prejuicios? Creo que estás dando muchas cosas por sentado. Llevamos muchas semanas hablando de sexo, y me gusta mucho tener una amiga con la que comentar todas estas cosas. Además de que me resulta muy excitante.

- ¿Entonces podríamos tener una aventura tú y yo?

- ¡Por supuesto! Para eso somos adultos. Y buenos amigos, ¿no?

- ¡Claro que sí!

Muchas noches terminaban así, sin nada más que unas sonrisas cómplices en la barra de un bar, o un beso en la mejilla mientras recostados en los cojines de oscuros rincones dábamos buena cuenta de una copa cargada. Sin embargo toda esa dialéctica iba alimentando nuestras ganas mutuas. Aunque eran toda una satisfacción en sí mismas. Por sí solas. Puedo aseguraros que tras muchas conversaciones de esa índole con Adolfo, volvía a casa con la sensación de un polvo bien terminado. Con el morboso placer de saber que los dos manteníamos la tensión sexual no resuelta porque nos apetecía hacerlo. Sabiendo además al despedirnos que al llegar cada uno a su casa sabría bien cómo rematar la faena, y pensar en ello me daba un exquisito placer, tan sensual y sexual como si hubieras terminado la noche juntos.

Así anduvimos varios meses. Con aquel juego, divertido y erótico, hasta que una noche las palabras nos liaron más de la cuenta y, evidentemente, ambos decidimos pasar a mayores. Y probamos y experimentamos todo aquello de lo que llevábamos hablando tanto tiempo, aunque sin hablar. En aquella cama hubo de todo menos palabras.

 

 

 

* Ilustración de Francisco Asencio 

 

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