Fotos para mi amante

Publicado el Miércoles, 25 Noviembre 2015

Hasta que no ha llegado la mensajería instantánea vía móvil, no he sido consciente de cuánto me gusta hacerme fotos. Yo había hecho algunas en reuniones familiares y viajes al extranjero, pero poco más. Tampoco me había dado nunca por los autorretratos compulsivos, ya que no soy especialmente fotogénica. Pero desde que el chico con el que estoy hace un año empezó a mandarme fotos subidas de tono para calentar las horas anteriores a nuestros encuentros todo esto ha cambiado mucho.

Ahora no veo el momento de llegar a casa y comenzar mis sesiones de fotos. Me encanta ir variando. A veces busco lencería bien sexy: sujetadores negros de encaje, tangas minimos, un body sugerente o aquel picardías que apenas usaba y tenía olvidado al fondo del cajón. Posiciono convenientemente mi móvil, ajusto la cámara frontal y el temporizador y voy probando en distintas posiciones: primero, por ejemplo, de pie, para continuar en la cama o en el suelo. Intento enseñar lo justo, sugerir, incitar, insinuar pero teniendo siempre en la cabeza que cuando las envíe la respuesta de mi chico va a ser una incontrolable erección instantánea. ¡Y eso me pone a mí a cien! Porque sería desastroso que mirase mis fotos como meros extras a la colección que ya tiene del Playboy, pero me consta que no es el caso. Así que pongo mucho empeño en mis posados.

Pueden ser de espaldas, a punto de bajarme las bragas, luciendo mi buen trasero; deslizando el tirante del sujetador por mi hombro para que recuerde cuánto le gusta morder mis pechos; o dejando entrever por donde meterá sus dedos cuando nos veamos más tarde.

Otras veces me las hago en sitios públicos. Procuro que intuya donde estoy: en un probador, en el baño de un bar, en el banco de la parada del autobús… aunque si hay mucha gente alrededor sólo busco una buena perspectiva de mi escote, de mi boca o del límite de mi minifalda. Y todo esos momentos son muy excitantes para mí, no sólo por pensar en lo que hará mi pareja cuando las reciba, sino por el puro morbo de la exhibición.

Las que él me manda son por supuesto muy inspiradoras para recrearme en algunos momentos de íntima soledad, y las guardo con celo, pero el estado de excitación en el que me ponen mis propias fotos es mucho mayor. Tambien, quizás me suceda porque no es cuestión solamente de hacerse una o dos fotos sin más, sino por todo lo que conlleva para mí preprarar el escenario. Casi podría parecer que le fuera a recibir para nuestro encuento pasional. A veces incluyo tanta decoración y escenografía alrededor, que creo que me faltaría poner música para completar el momento.  Y por descontado que no son ni una ni dos las que me hago. El entusiasmo no me ciega lo suficiente como para mandar cualquier foto. Me hago miles de ‘selfies’ a la búsqueda de la perfección. La que saque mejor a la atractiva modelo que llevo dentro y ponga al descubierto a la maravillosa fotógrafa de erotismo artístico que soy. O dicho de otro modo: muchas para poder escoger después la que mejor oculte las estrías y los michelines que ya asoman por algunas curvas de mi cuerpo.

De todas maneras siempre hay un último pensamiento en lo más profundo de mi cerebro cuando le doy a ‘enviar’ que siempre me gusta tener en cuenta, y es que, el día en que nuestra relación se acabe, todas estas fotos que deberían acabar destruidas pueden terminar en el lugar más inesperado o menos deseado para mí, a la vista de dios sabe quién, y, si eso alguna vez llegase a suceder, las que salgan a la luz tienen que dejar bien claro que soy una mujer de bandera a la que cualquier agencia de modelos no pudiera resistirse a contratar.

 

 

* Ilustración de Francisco Asencio

 

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