El tren de las 11

Publicado el Martes, 06 Diciembre 2016

Fue subir al tren y al ir leyendo los rótulos indicadores del número y la letra de los asientos para localizar el que me correspondía cuando tropecé con su maleta primero y con sus ojos después. A partir de ahí y como si ese hubiera sido el punto previsto para nuestro encuentro, nos dejamos llevar por la excitación y con un beso largo y pegajoso nos fuimos acomodando en las butacas. Sin hablar, sin decirnos nada. Las manos, las ganas, los labios, las ansias y de repente el vagón ya no era el lugar adecuado. Tiró de mí y casi en volandas me condujo a la plataforma de acceso para, después de empujarme sobre la pared y darme otra buena ración de besos desesperados, meterme en el minúsculo aseo del tren. Las miradas muy fijas uno en el otro.

Su azul y mis ojos verdes convirtiéndose en la oscuridad de una noche de pasión, al calor del fluorescente desgastado de aquel cubículo. Sin perder tiempo le desabroché los pantalones y le apoyé contra la puerta para, sentándome en la taza, poder trabajar a gusto y devorarle su ya más que evidente interés en poseerme. A base de lametones y desplegando todo el deseo de mi boca, conseguí que su necesidad fuera aún más fuerte y más intensa, hasta que no quiso aguantarse más y tomando las riendas de la situación hizo que mis pantalones también arrastrasen en aquel suelo sucio. Aún con la dificultad de encontrar la mejor posición para una culminación satisfactoria por parte de ambos, no tardé en ver mi rostro sonriente reflejado en el espejo sobre el pequeño lavabo y a la vez, asomando tras de mí, la cara feliz de mi acompañante. Con el vaivén y la velocidad del tren e ignorando los golpes en la puerta de algún viajero impaciente, nosotros acompasamos a la perfección su furia y mi febril locura. Hasta que al unísono con la azafata que pregonaba la llegada a alguna estación que no escuchamos nuestros orgasmos se camuflaron y estallaron con un júbilo silencioso.

Salimos del baño, bajamos y nos despedimos en el andén con un beso suave y corto. De nuevo sin hablar, sin decirnos nada. Sin habernos dicho nada en ningún momento.

Hubiese sido una aventura muy emocionante y romántica, si hubiese ocurrido así. Sin embargo no pasó. Nunca ha pasado. El cruce de nuestras miradas al tropezar en el pasillo del vagón unos minutos antes ha desatado en mi cabeza una ráfaga inmediata de lascivas imágenes de todo lo que quiero que suceda a continuación entre este maravilloso desconocido y yo. El intenso perfume que desprende su ropa y su mirada penetrante han activado en mi cuerpo un deseo irrefrenable.

Y aunque por el momento llevo media hora sentada junto a él sin que haya habido entre nosotros más que unas amables palabras, todavía quedan cuatro horas por delante. El viaje es largo. Igual puedo encontrar la manera de que me lea el pensamiento. Ya os lo contaré…

 

 

 

* Ilustración de Francisco Asencio

 

 

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