Aquí te pillo, aquí te mato

Publicado el Jueves, 23 Abril 2015

El “polvo terrorista” con un desconocido existe. Mi amiga Nati llama así al típico “aquí te pillo, aquí te mato”. Y yo siempre había creído que eso era un mito urbano, como el de la chica fantasma de la curva, o aquel del señor que te regalaba caramelos con droga a la puerta del colegio. Necesitaba conocer a alguien a quien le hubiera pasado o mejor, experimentarlo en pelvis propia. Y ha sido esta segunda alternativa la que me ha llevado al convencimiento pleno. Porque esos otros polvos de bares, no cuentan para mí como “polvos espontáneos”.

Esos son distintos, más habituales, buscados al fin y al cabo, y el entorno los propicia. Quien más o quien menos va de copas con intención de ligar, con lo cual aunque consigas enrollarte con cualquier desconocido en los baños no tiene categoría de “polvo inesperado con un completo desconocido”. Y lo mismo pasa en las bodas o eventos familiares de la misma índole. Siempre hay una predisposición de fondo.

Pero que cuando estás metida en tu rutina laboral habitual te suceda algo así, es para tenerlo muy en cuenta. Porque ¿quién espera tener una fabulosa sesión de sexo de vuelta a casa en tren en la tarde de un aburrido martes cualquiera? Yo desde luego no lo esperaba. Y sobre todo, ¿te dejas llevar sin saber si va a merecer la pena? Yo si, por supuesto. ¡La aventura es la aventura! Y, claro, en el cercanías la situación no se plantea en principio igual de romántica que en un viaje en tren de Paris a Viena como en la película “Antes de amanecer”. ¡Desengañémonos! Aunque en esa peli tampoco sucedía exactamente en el tren, sino a raíz del encuentro de dos desconocidos en el mismo. Y a mí me pasó igual.

Un desconocido y atractivo caballero se sentó junto a mi nada más arrancar el tren. Como yo soy muy despistada, no sabría decir si había subido a la vez que yo o simplemente había cambiado de sitio al verme, pero del tirón me asaltó con una educada conversación sobre mis botas de estilo country, muy llamativas con mi vestido corto, y los lugares donde se bordaban a mano las auténticas americanas. Como yo no entiendo nada del tema no pude más que darle las gracias por la información. A lo que él aprovechó para continuar la charla empezando por presentarse, contarme que se dedicaba a la importación de calzado y rematar diciendo que me veía todas las tardes en el tren y que ninguna había podido dejar de mirar mi melena negra y mis largas piernas. No me resultó impertinente que entrase a saco con halagos porque su impresionante mirada azul y su profundo olor a perfume caro con esencia de sándalo no me habían dejado pensar desde el mismo momento en el que había tomado asiendo a mi lado. Su verborrea se acomodaba a la velocidad del tren, más veloz en las rectas y pausada en las paradas. Y sin darme cuenta me encontré pensando en si ese sería su ritmo al follar. Deprisa, despacio, deprisa, despacio. Y entonces comenzó a describir mis piernas animándose enseguida a poner la mano en mi muslo mientras continuaba hablando. Yo no quise apartársela sino que por el contrario agarré su chaqueta deslizando mis dedos por la solapa arriba y abajo. Nuestras miradas se sostuvieron un buen rato y nos sonreímos. De repente el tren paró como siempre en el  intercambiador donde yo debía continuar mi ruta en bus y el desconocido se bajó conmigo en silencio. Me besó con un beso potente, largo y húmedo, y simplemente me preguntó: “¿quieres seguir?”. No sé si hay algún motivo por el cual tendría que haber dicho que no. Desde luego yo no lo encontré, así que sin pensarlo dos veces y una vez oída mi respuesta afirmativa, me cogió de la mano, me metió en uno de los baños de los aseos de señoras de aquella estación y prácticamente sin volver a pronunciar una sola palabra me quitó el vestido y las bragas y allí mismo sobre la pared y con las botas country puestas me demostró que mi apuesta por el sexo con un desconocido iba a dejarme gratamente sorprendida. Comprobé que su ritmo pélvico podía adaptarse perfectamente a mis necesidades y que siendo todo un caballero, el sexo seguro era lo primero y mi placer lo segundo. Con lo cual me dejé llevar durante casi media hora, para pasar a continuación a arrodillarme entre sus piernas disfrutando de su olor y su sabor.

Cuando terminamos plenamente satisfechos, nos dimos un último beso y salió del baño deprisa para dejar que me vistiese y arreglase con calma. Ni intercambio de teléfonos ni intenciones de quedar más.

Una experiencia fantástica con la que descubrí dos cosas: la primera, que el personal de mantenimiento de los baños de la nueva estación hace una labor estupenda, que te permite follar bien a gusto, y segunda, que el taxi que tuve que tomar desde el intercambiador hasta mi casa por perder el autobús es mucho más caro que los que cojo de noche cuando salgo de fiesta. Quizás para el próximo polvo terrorista mejor espere a llegar a mi destino.

 

 

Ilustración de Francisco Asencio

 

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